Pedro Gutiérrez Lapuente, impulsor del sinfonismo en Málaga

Pedro Gutiérrez Lapuente perteneció por méritos propios, por cualidades no adquiridas, a la estirpe de los fundadores, a la de esos mediadores en alerta que son capaces de escuchar el rumor sugerente de lo no aún no escrito en el papel en blanco, pero que además tienen la voluntad y la constancia de perseverar hasta encontrar la forma entrevista, esa palabra indeciblemente anunciada.

foto-ano-46Había nacido en Madrid el 21 de julio de 1915, ciudad donde se formó como músico y como hombre de cultura, y donde posiblemente, a través de un proceso que nos es mayoritariamente desconocido, forjó la herramientas de decisión con las que habría de esculpir definitivamente nuestro entorno musical.

A Málaga llegó en el mes de septiembre de 1944, hace ahora setenta y dos años, a más de cien de su nacimiento, tras haber obtenido una plaza de profesor especial de Solfeo y Teoría de la música en el conservatorio. A la enseñanza se abocó con un ardor que le duró toda la vida, desde ese tiempo tan triste de la posguerra española hasta el día mismo de su jubilación, buscando imprimirle un enfoque más actual, menos lastrado de esos viejos y frustrantes estereotipos que hacían de la intimidante “ortografía” del solfeo (parcialmente convencional, como todas las ortografías) una lacerante y estéril crux et tormentum puerorum. Nos ha dejado una crónica, no por personal menos valiosa, de la vida musical de la ciudad, “Apuntes para la historia (vida musical malagueña)”, en la que describe lo que le pareció el panorama pedagógico de Málaga a su llegada en los años cuarenta, “no exento de méritos, pero anclado en el tiempo pasado, con notable retraso.” Hasta los últimos años de su actividad docente se extendió, pues, un afán reformador que le llevó a introducir los míticos volúmenes para la entonación de Le Solfège Contemporain, debidos al afán recopilador del Director del Conservatorio Nacional de Rouen, Albert Beaucamp, y los cuadernos para lectura rítmica de Alain Weber, Leçons progressives de lecture et de rythme. Esas aperturas supusieron un gran cambio en el concepto de la enseñanza de la asignatura y constituyen para muchos de nosotros parte inseparable de esas doradas tardes del conservatorio en las que aprendimos a escandir el tiempo en todas las claves posibles.

Realizó un programa de radio durante más de treinta años para la difusión de la música clásica (lamentablemente, las grabaciones de esos programas no e encuentran) y colaboró con artículos muy estimables en la querida y recordada revista mensual A Tempo, nacida en 1982 de la inquietud de un grupo de alumnos del Conservatorio Superior de Música y acogida a la hospitalidad de la Asociación “Eduardo Ocón” primero, y a la de la Cátedra de Música “Rafael Mitjana” de la Universidad de Málaga después (dejó de editarse a principios de los noventa). En esos artículos, Pedro Gutiérrez Lapuente aparece como cronista cercano y crítico nada complaciente de un tiempo que él mismo ayudó a conformar, como pensador reflexivo acerca de las derivas y los significados de la creación contemporánea o como wagneriano que se aboca al recuento minucioso de ese abigarrado bosque de signos que es la Tetralogía del mago de Leipzig, entre otros roles.

Pero con ser todo lo anterior –amén de su actividad como compositor, aún por inventariar y estudiar– valioso y revelador de una personalidad inquieta y poco amiga de las rutinas indiferentes, no es, ni mucho menos, lo más importante. Porque hay que recordar, especialmente hoy, que la gran obra de gestión de Pedro Gutiérrez Lapuente, su aportación cultural de más peso, su pieza maestra de audacia, prospectiva y tesón fue la creación de la primera orquesta sinfónica que hubo en Málaga.

Es verdad que podrían enumerarse algunos tímidos precedentes, así algunas asociaciones de la segunda mitad del siglo XIX como la Sociedad de Conciertos Clásicos, o la llamada Asociación de Profesores de Orquesta constituida posteriormente, pero nunca, nunca antes había existido una orquesta de hechura sinfónica y erigida con voluntad de permanencia, como estructura estable. Esto supuso un salto cualitativo inmenso tanto en el plano local como nacional, pues pocas, muy pocas provincias podían presumir de contar con una orquesta sinfónica en aquellos años.

En sus “Apuntes para la historia”, el propio Gutiérrez Lapuente da cuenta de la redacción del Acta de constitución: «fue el año 1945, el 6 de noviembre, en el estudio de Radio Nacional de España, situado entonces en el edificio de la Aduana, junto a las dependencias del Gobierno Civil, donde tuvo lugar una reunión de la que se levantó acta […]» Era la conformación oficial de la Orquesta Sinfónica, traída a la luz con poquísimos medios económicos, a base de unos recursos humanos que provenían del conservatorio y de las bandas municipal y militar de la ciudad. Los ensayos tuvieron lugar en el conservatorio, previa autorización del entonces director, Luis López, y el 11 de febrero de 1946 se celebró el concierto inaugural, con el maestro Gutiérrez Lapuente a la batuta y Leopoldo Querol como solista de piano, cosechando gran éxito entre público y la crítica.

Orquesta y Conservatorio fueron, es verdad, una especie de unidad de destino desde el origen y durante bastantes décadas (lo cual fue también fuente de no pocos desencuentros), así que los conciertos tuvieron lugar casi todos en esa suerte de espacio gestacional y nutricio, facilitado por directores especialmente afectos al proyecto, como fue el caso de Andrés Oliva. Pero también hubo otros lugares: el Teatro Cervantes, el Albéniz, la Caseta de la Junta de Festejos o los Jardines de la Alcazaba fueron igualmente escenarios de aquellos primeros años de asombrada actividad, corriente de entusiasmo que supo atraer hacia sí el concurso de solistas cuya sola mención surte ya como una llamarada poderosa de nostalgia: Leopoldo Querol, Manuel Carra, Rosa García Faria o el recientemente fallecido Horacio Socías.

La Orquesta, con su director al frente, pasó por distintas etapas, casi siempre marcadas por una terrible precariedad económica a la que solo la tenacidad de músicos y fundador pudieron hacer frente: creación y comienzos desde 1946 a 1952; segunda etapa como Orquesta de Cámara del Conservatorio de 1953 a 1959; subsistencia a la sombra del “Patronato Eduardo Ocón”, de 1959 a 1965, año este de la primera dimisión de Gutiérrez Lapuente; y última etapa del fundador al frente del grupo, de 1977 a 1980, con la segunda y definitiva dimisión, suscitada por desavenencias con la directiva. Todo lo que vendría después –después de albores y partos auspiciosos, de voluntades incesantes, de sucesivos sueños y resurrecciones– era necesariamente depositario de una herencia ya aquilatada, y ese futuro condicionado es lo que hoy constituye nuestra (rica) cotidianeidad.

Hölderlin escribió que “las arterias se dividen, pero vuelven al corazón”. Ojalá que Málaga, la ciudad tantas veces dividida, escindida de su propia historia, no olvide a Pedro Gutiérrez Lapuente, el fundador del sinfonismo en nuestro entorno, y sepa celebrarlo –si no rendida, sí al menos informada– con el retorno al vivificante corazón de las cosas y los seres memorables.

Francisco Martínez González