La Orquesta Filarmónica ha sido y es el precipitado venturoso de un deseo que se originó casi cincuenta años antes del nacimiento que ahora conmemoramos.

Francisco Martínez González, Director del Conservatorio Superior de Música de Málaga
31 de enero de 2016

Quiero felicitar cordialmente a la Orquesta Filarmónica de Málaga en su 25º aniversario, por este cuarto de siglo al servicio de la música, de la cultura y de la ciudadanía.

Pedro Gutiérrez LapuenteLa Orquesta Filarmónica ha sido y es el precipitado venturoso de un deseo que se originó casi cincuenta años antes del nacimiento que ahora conmemoramos. Me refiero al furor filarmónico alentado entre nosotros con la llegada a Málaga de Pedro Gutiérrez Lapuente, en septiembre de 1945, para incorporarse al claustro del Conservatorio como profesor especial de solfeo y teoría de la música. Fue él quien consiguió, con un largo entusiasmo y una cortísima subvención de cinco mil pesetas, poner en pie aquella originaria Orquesta Sinfónica de Málaga que hiciera su debut el 12 de febrero de 1946, en un concierto en el que actuó como solista de piano Leopoldo Querol.

Orquesta y conservatorio fueron mucho tiempo de la mano, y aún es fácil alumbrar entre nuestros conciudadanos el recuerdo común de aquellos viernes de concierto en la Sala Falla del hoy Conservatorio Superior de Música de Málaga, centro efervescente del sinfonismo malagueño durante tantos lustros, lugar por excelencia de expectación, misterio y desvelamiento, todo ello urdido en el impalpable telar mágico de los sonidos con un grado de cercanía e intensidad que tal vez no haya vuelto a conocerse desde entonces en nuestra ciudad.

Que la Orquesta Filarmónica de Málaga, a la vez heredera y cumbre señalada de aquel fervor, de aquel deseo, de aquella necesidad, continúe en la senda de profundizar esa aquilatada madurez que Píndaro habría llamado “bonanza de mediodía”, en la justa reivindicación del Auditorio que rinda cabalmente los frutos de su calidad y de su esfuerzo, y con la voluntad de seguir perseverando en el más platónico y amoroso de los afanes: el de engendrar en la belleza.