La batuta golpea sobre el atril de la historia

Emelina Fernández Soriano, Presidenta del Consejo Audiovisual de Andalucía
23 de octubre de 2015

Manuel Barbadillo.ObraLa España de mediados del siglo pasado era un país al que le habían prohibido mirar al exterior. El resultado, un ambiente gris y una ciudadanía cabizbaja hasta que la mañana democrática alumbró la década de los setenta y nos invitó a levantar la mirada. Nos encontramos entonces con un panorama cultural desolador. Los prometedores apuntes musicales del primer tercio de la centuria fenecieron durante la travesía del desierto a golpe de bombo y platillo. Durante un tiempo, demasiado, tan sólo unos privilegiados andaluces y andaluzas dispusieron de la información, la educación y los medios para viajar por el mundo con el propósito de escuchar a las grandes orquestas clásicas del mundo.

Los gobiernos de nuestra comunidad tuvieron que comenzar por el principio, y en el ámbito de las infraestructuras escénicas se hizo durante los ochenta un tremendo esfuerzo inversor, me consta porque tuve la suerte de tomar parte en esa tarea democratizadora desde mi responsabilidad como delegada provincial de Cultura en Málaga. Entre todos, conseguimos regar toda nuestra geografía de nuevos escenarios, nuevas ventanas públicas al teatro, la danza y la música en vivo para una población ansiosa por vivir en libertad, si bien la demanda cultural había sido estragada por una escuela doctrinaria, rancios ateneos y juegos florales.

A comienzos de los noventa, desde el corazón de la Consejería de Cultura -con el almeriense Pedro Navarro Imberlón como cerebro- se pergeñó un ambicioso plan de orquestas públicas para recuperar el tiempo perdido. Se pusieron en marcha cuatro grandes formaciones en Sevilla, Córdoba, Granada y Málaga. Siempre con la complicidad de los respectivos ayuntamientos, fundaciones, asociaciones locales… Y aquí debemos traer a colación la figura de Pedro Aparicio, alcalde singular con el que esta ciudad cruzó buena parte de la transición y vivió un largo tramo de modernización. La respuesta del público a las nuevas propuestas fue excepcional desde los primeros compases, y a partir de entonces la sociedad andaluza en general y la malagueña en particular han hecho cada día más suyas estas orquestas, hasta el punto de construir juntos una fecunda y satisfactoria normalidad.

Quizá en este 25º aniversario no esté de más recordar que la Filarmónica no siempre estuvo ahí y que tampoco está a salvo para siempre. Esta pedagógica crisis nos ha mostrado cómo, si no se defiende, se puede perder lo que tanto -y a tantos- costó ganar. Es el momento de hacer piña con nuestra orquesta, de sentirnos orgullosos de su excelencia, de su calidad, de su vocación de servicio a la ciudad. De su mano, un majestuoso legado musical es hoy más accesible, más comprensible, más amable. Una gran orquesta es una de las demostraciones más sofisticadas y deslumbrantes de lo que puede hacer el ser humano y, lo que es más importante, es un surtidor de felicidad que brota en un código universal. Nadie es inmune a la música.
La batuta golpea sobre el atril de la historia, de nuestra historia cívica, cotidiana y común. Juntos, levantamos la mirada hacia nuestra orquesta. Que estos 25 años sean tan sólo la obertura de un afinado y brillante futuro. Y que ustedes lo oigan.